Publicado: 10 de Mayo de 2018

Ir en bici es gratis, no contamina y pone en forma. Pero aún, normalmente, no entra en nuestra cabeza acudir así al trabajo o a citas con amigos Alberto G. PALOMO. Fotos: Lucía RIVAS 10 mayo 2018 Con el buen tiempo, se ve más vida en la calle. Más movimiento. Y, quizás, más alegría. La expansión de la bici es un fenómeno que se reparte según la topografía y el clima de cada núcleo urbano. Aunque muchas veces no es así. Relacionamos Sevilla con el paso de bicicletas al lado del Guadalquivir, o Barcelona y esas ‘fixies’ peinando la Barceloneta, pero también hay grandes movimientos ciclistas en Bilbao o San Sebastián, más propensas a la lluvia. O en Madrid, con un tráfico endiablado. Sin embargo, aún queda tiempo o educación para que trasladarse pedaleando sea un acto masivo o tan común como en Europa. Y es curioso: tenemos mejor clima y peor economía familiar, dos factores clave, pero aún no incluimos esta variable en nuestros desplazamientos cotidianos. ¿Por qué? Esfuerzo físico Ir en bici es gratis, no contamina y pone en forma. Pero aún, normalmente, no entra en nuestra cabeza acudir así al trabajo o a citas con amigos. Hay ciertos ‘enemigos’ u ‘obstáculos’ sociales y materiales que impiden verlo como algo de uso habitual. ¿Cuáles? La respuesta más recurrente es que requiere un esfuerzo físico que muchos no están dispuestos a realizar. Unos no lo hacen ni en los municipios de distancias más asequibles, imposibles de convencer, y otros se echan para atrás por el volumen de kilómetros a recorrer. En este caso, una combinación de transporte público y pedaleo valdría como solución. Pero no es fácil seducirles: aún cuesta cargar con una bici (incluso plegable) en el tren o metro. Las escaleras mecánicas y andenes siguen siendo estrechos, más programados para esperas en fila india que para multitudes o usuarios con bici. Además, ir en bici supone portar casco, luces y accesorios como guantes o un abrigo más grueso. Por seguridad vial y por protección. Pasa lo mismo con las motos, pero en ellas te desplazas a la misma velocidad que en coche y no utilizas tus músculos como motor. Tercer factor más reseñado: la posibilidad de que te roben la bici. Hay candados y sistemas de retirada de piezas, pero no con esas se reduce un problema a gran escala. Cargados En las urbes, el clima sería el primer ‘ahuyentador’ del ciclismo. Viento, lluvia, sol o frío. Estos fenómenos naturales implican distintas reacciones en los usuarios: desde la obvia, la de no querer mojarse, a la comprensible, de no llegar sudado al trabajo. También la de no poder llevar sin molestias el material laboral. Algo que anota Mercedes Gago, residente en la periferia de Madrid y con apenas 3,5 kilómetros de distancia a su trabajo: “Es corto y llano, pero da pereza que llueva y el peso del portátil. Y si vas vestido de forma un poco más especial, hay que tener cuidado con mancharte o que se enganche la ropa”. “Hay 12 kilómetros de casa al trabajo y mucha cuesta arriba”, comenta Tiziana Trotta, periodista de 34 años con experiencia a la espalda de moverse en bici. “Esto implica que tengo que ducharme por cómo llego de sudada. Mi empresa no está equipada para eso, pero es que con el frío tengo que llevar una mochila enorme para ropa, comida y toalla –enumera–, por eso no la uso en invierno más que para recorridos breves. Además, cuando hace bueno doy más rodeo, porque el camino más directo va por calles con un tráfico horrible”, afirma. Trotta, italiana residente desde hace años en España, ve cada vez menos ciclistas por la acera o sin respetar semáforos. “Harían falta incentivos de las compañías como vestuarios, compensación económica o mejores instalaciones”, reflexiona quien encuentra un parte “sentimental” en pedalear: “Evitas el Metro abarrotado, ahorras dinero, no contaminas, haces ejercicio y a mí la bici me alegra el día”.